Desde que el verbo viajar se democratizó y pasó a reciclarse en hacer turismo cada vez es más difícil encontrar un lugar virgen al que no halla deshonrado la huella de algún turista impertinente.
Que nadie se equivoque, no estoy intentando emprender una cruzada contra el turismo, nada más lejos de mi intención, pues llevo trabajando en él desde hace años. Lo que trato de hacer es una llamada a dos elementos fundamentales de cada uno de nosotros: la Razón y el Corazón. Si me apoyo en mi experiencia, tengo que extraer tristes conclusiones. Por ejemplo, mi Razón no logra entender cómo alguien puede abandonar tranquilamente restos de una improvisada comida al pie de una duna, en medio del desierto de Akakush (Libia), o apagar una colilla en las paredes del templo de Filae (Egipto), para acto seguido tirarla al suelo sin la menor vacilación. Estos especímenes son la más triste representación de la nueva raza del Mundo Moderno: el turista.
Cuando salimos de casa, todos somos turistas, eso es algo que tengo muy claro. Aunque la palabra viajar esté cargada para mi de todo el encanto que le aporta su larga estirpe de antiguos y famosos viajeros, no me engaño pensando que ninguno de nosotros podamos ya contarnos entre ellos. Ni los que se cargan con una mochila al hombro en un intento de confundirse con la realidad del lugar al que se dirigen, ni los que se ponen delante de una cámara para mostrarnos luego su Gran Aventura en forma de documental. Quien quiera puede engañarse, pero fuera de nuestro rinconcito particular en el mundo, da igual si dormimos en una pensión o en un hotel de cinco estrellas, si nos invitan a comer en casa de alguien de la zona o nos acomodamos en la silla de un restaurante de lujo: todos somos turistas. Y por ello creo que debemos tomarnos en serio la responsabilidad de no hacer que este vocablo termine por convertirse en un grave insulto. El mundo no es un vertedero, y quien no sepa caminar por él con un mínimo de respeto, debería quedarse en su casa. Lo que queda del Planeta y el resto de humildes turistas que aún sabemos usar la Razón lo agradeceremos. Por mi parte, quiero ser optimista y pensar, parafraseando a una de mis heroínas preferidas -Mafalda- que aún hay lugares tan hermosos que los hombres se las van a ver en figurillas para echarlos perder.
El otro elemento fundamental al que apelaba líneas arriba es el Corazón. La primera vez que hice las maletas para ir al extranjero, acuñé una particular expresión para decir que lo que estaba viendo me sobrepasaba, y me llenaba de emoción. Yo decía bromeando que me "iba a dar una taquicardia". Con el tiempo he seguido usando la misma frase cuando he puesto los ojos en lugares muy, muy especiales, que han logrado llenarme de alegría y de agradecimiento por el mero hecho de vivir para verlos. Por desgracia, también he observado que hay una buena parte de la población que ha tomado por obligación el identificar las vacaciones con salir de viaje. Viajar, hacer turismo, no es una obligación que tengamos que cumplir como un ritual, todos los años, porque así lo dicta la costumbre, los medios de comunicación y porque así lo exige un cierto estatus social. Salir de casa para ejercer nuestro papel de turista debería ser un acto de ilusión, una búsqueda de momentos especiales y únicos, que cada uno puede encontrar de diferentes formas. No todo el mundo es aficionado al turismo cultural y no le atrae la idea de pasarse las horas visitando museos, ni templos, ni iglesias, ni catedrales, ni palacios. Esas son una de las tantas satisfacciones que podemos encontrar al emprender un viaje. También hay quien prefiere el turismo deportivo o de aventura y buscan lugares que les permitan practicar senderismo, rutas en caballo, kayak, puenting, ski en nieve..., o en arena. Los hay que apuestan por un turismo culinario, y se deleitan con las especialidades de cada lugar que visitan. En realidad, da igual la clase de turismo por la que nos decantemos cada uno, siempre y cuando seamos capaces de cerrar los ojos una vez de vuelta en casa y recordar al menos un momento en el que digamos "si, justo en ese segundo era feliz". Estoy convencida que quien sale de viaje con esa actitud, es también quien tiene presente en todo momento que tiene que respetar los lugares que pisa, y que puede decir alto y claro "si, soy turista, y a mucha honra". Por desgracia, hay mucha gente que ya sale de su casa de mal humor, parecen haber sido obligados a hacer las maletas por tantos motivos ajenos a su propio placer, que se ven perdidos en un mar de destinos, circuitos, ofertas y promociones, y terminan eligiendo al azar y de mala gana dónde pasar los días que deberían ser una oportunidad para recargarse de energía positiva, convirtiéndolos finalmente en un cúmulo de quejas y malos humores.
Para terminar, me gustaría señalar que hay otra nueva clase de turismo, que lleva sólo algunos años en desarrollo y que aún es extraña a mucha gente. Es lo que yo llamo turismo virtual. Me refiero a aquellas personas que son capaces desde el salón de su casa de ver y vivir mil y un lugares reales o imaginarios. Aquellos que zambulléndose en un videojuego se convierten en cruzados y pasean por las calles de la antigua Damasco, por poner un ejemplo. Estos cibernautas del turismo se merecen todo mi respeto. Aunque yo sigo prefiriendo plantarme en un aeropuerto, lidiar con los retrasos, sorprenderme (para bien o para mal) con los hoteles que he reservado, y oler y sentir el aire de cada país, reconozco que ellos poseen sin duda una cualidad a la que todos deberíamos aspirar: una mente abierta e imaginación. Porque, reconozcámoslo, al fin y al cabo ¿qué línea aérea es capaz de llevarte a NUNCA JAMÁS?
Que nadie se equivoque, no estoy intentando emprender una cruzada contra el turismo, nada más lejos de mi intención, pues llevo trabajando en él desde hace años. Lo que trato de hacer es una llamada a dos elementos fundamentales de cada uno de nosotros: la Razón y el Corazón. Si me apoyo en mi experiencia, tengo que extraer tristes conclusiones. Por ejemplo, mi Razón no logra entender cómo alguien puede abandonar tranquilamente restos de una improvisada comida al pie de una duna, en medio del desierto de Akakush (Libia), o apagar una colilla en las paredes del templo de Filae (Egipto), para acto seguido tirarla al suelo sin la menor vacilación. Estos especímenes son la más triste representación de la nueva raza del Mundo Moderno: el turista.
Cuando salimos de casa, todos somos turistas, eso es algo que tengo muy claro. Aunque la palabra viajar esté cargada para mi de todo el encanto que le aporta su larga estirpe de antiguos y famosos viajeros, no me engaño pensando que ninguno de nosotros podamos ya contarnos entre ellos. Ni los que se cargan con una mochila al hombro en un intento de confundirse con la realidad del lugar al que se dirigen, ni los que se ponen delante de una cámara para mostrarnos luego su Gran Aventura en forma de documental. Quien quiera puede engañarse, pero fuera de nuestro rinconcito particular en el mundo, da igual si dormimos en una pensión o en un hotel de cinco estrellas, si nos invitan a comer en casa de alguien de la zona o nos acomodamos en la silla de un restaurante de lujo: todos somos turistas. Y por ello creo que debemos tomarnos en serio la responsabilidad de no hacer que este vocablo termine por convertirse en un grave insulto. El mundo no es un vertedero, y quien no sepa caminar por él con un mínimo de respeto, debería quedarse en su casa. Lo que queda del Planeta y el resto de humildes turistas que aún sabemos usar la Razón lo agradeceremos. Por mi parte, quiero ser optimista y pensar, parafraseando a una de mis heroínas preferidas -Mafalda- que aún hay lugares tan hermosos que los hombres se las van a ver en figurillas para echarlos perder.
El otro elemento fundamental al que apelaba líneas arriba es el Corazón. La primera vez que hice las maletas para ir al extranjero, acuñé una particular expresión para decir que lo que estaba viendo me sobrepasaba, y me llenaba de emoción. Yo decía bromeando que me "iba a dar una taquicardia". Con el tiempo he seguido usando la misma frase cuando he puesto los ojos en lugares muy, muy especiales, que han logrado llenarme de alegría y de agradecimiento por el mero hecho de vivir para verlos. Por desgracia, también he observado que hay una buena parte de la población que ha tomado por obligación el identificar las vacaciones con salir de viaje. Viajar, hacer turismo, no es una obligación que tengamos que cumplir como un ritual, todos los años, porque así lo dicta la costumbre, los medios de comunicación y porque así lo exige un cierto estatus social. Salir de casa para ejercer nuestro papel de turista debería ser un acto de ilusión, una búsqueda de momentos especiales y únicos, que cada uno puede encontrar de diferentes formas. No todo el mundo es aficionado al turismo cultural y no le atrae la idea de pasarse las horas visitando museos, ni templos, ni iglesias, ni catedrales, ni palacios. Esas son una de las tantas satisfacciones que podemos encontrar al emprender un viaje. También hay quien prefiere el turismo deportivo o de aventura y buscan lugares que les permitan practicar senderismo, rutas en caballo, kayak, puenting, ski en nieve..., o en arena. Los hay que apuestan por un turismo culinario, y se deleitan con las especialidades de cada lugar que visitan. En realidad, da igual la clase de turismo por la que nos decantemos cada uno, siempre y cuando seamos capaces de cerrar los ojos una vez de vuelta en casa y recordar al menos un momento en el que digamos "si, justo en ese segundo era feliz". Estoy convencida que quien sale de viaje con esa actitud, es también quien tiene presente en todo momento que tiene que respetar los lugares que pisa, y que puede decir alto y claro "si, soy turista, y a mucha honra". Por desgracia, hay mucha gente que ya sale de su casa de mal humor, parecen haber sido obligados a hacer las maletas por tantos motivos ajenos a su propio placer, que se ven perdidos en un mar de destinos, circuitos, ofertas y promociones, y terminan eligiendo al azar y de mala gana dónde pasar los días que deberían ser una oportunidad para recargarse de energía positiva, convirtiéndolos finalmente en un cúmulo de quejas y malos humores.
Para terminar, me gustaría señalar que hay otra nueva clase de turismo, que lleva sólo algunos años en desarrollo y que aún es extraña a mucha gente. Es lo que yo llamo turismo virtual. Me refiero a aquellas personas que son capaces desde el salón de su casa de ver y vivir mil y un lugares reales o imaginarios. Aquellos que zambulléndose en un videojuego se convierten en cruzados y pasean por las calles de la antigua Damasco, por poner un ejemplo. Estos cibernautas del turismo se merecen todo mi respeto. Aunque yo sigo prefiriendo plantarme en un aeropuerto, lidiar con los retrasos, sorprenderme (para bien o para mal) con los hoteles que he reservado, y oler y sentir el aire de cada país, reconozco que ellos poseen sin duda una cualidad a la que todos deberíamos aspirar: una mente abierta e imaginación. Porque, reconozcámoslo, al fin y al cabo ¿qué línea aérea es capaz de llevarte a NUNCA JAMÁS?
















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